Cuando se habla de “nutrición y cáncer” en internet, suele sonar todo muy sencillo: “Come sano, evita el azúcar, toma antioxidantes, haz tal o cual dieta…”.
El problema es que el cáncer no es sencillo, y su relación con el metabolismo tampoco. Por eso, en TNC partimos de una idea muy simple, pero muy exigente: un buen nutricionista oncológico tiene que ser, antes que nada, científico.
No basta con saber de macronutrientes, platos equilibrados o hábitos saludables. Hay que entender biología del cáncer, ensayos clínicos, farmacología y metabolismo tumoral. Si no, la nutrición oncológica se queda en un decorado amable alrededor del tratamiento, pero no forma parte del tratamiento de verdad.
Durante muchos años, la nutrición en oncología se ha centrado en temas como evitar la pérdida de peso a toda costa, “meter calorías” y proteínas, y paliar síntomas digestivos (náuseas, diarrea, mucositis…).
Eso sigue siendo importante, pero hoy sabemos que es solo una parte de la ecuación. El tumor tiene mutaciones que cambian cómo usa la glucosa, los aminoácidos y los lípidos; se apoya en vías metabólicas concretas (glicólisis, metabolismo del carbono uno, ácidos grasos, etc.); y por último, convive con un microbioma y un sistema inmune que también responden a lo que comemos.
A la vez, los fármacos que usamos (quimio, hormonoterapia, inmunoterapia, anticuerpos conjugados…) actúan sobre esas mismas vías o se ven influidos por ellas. Diseñar una dieta para el cáncer sin tener en cuenta todo esto es, en realidad, ignorar la mitad de la película.
Los socios fundadores de TNC trabajamos, además de en la consulta, en programas de investigación traslacional en centros como el CNIO y el Hospital Universitario 12 de Octubre, ensayos coclínicos que combinan organoides, modelos preclínicos y pacientes, y en estudios que buscan entender por qué unos tumores responden y otros no a fármacos dirigidos, hormonales o inmunoterapias.
Publicamos de forma regular en revistas internacionales de oncología y biología del cáncer. No solo en nutrición, sino en mecanismos de resistencia, nuevas combinaciones de fármacos y vulnerabilidades metabólicas de tumores como el cáncer de mama.
Esto no es un adorno de currículum: es la base sobre la que construimos TNC. Significa que cuando hablamos de restringir o potenciar ciertos nutrientes, modular el microbioma o de sincronizar la dieta con un tratamiento concreto, no lo hacemos por modas ni por ocurrencias, sino a partir de datos preclínicos, ensayos clínicos, y una lectura crítica de la literatura científica.
Todo esto puede sonar muy abstracto, pero tiene consecuencias muy concretas para la persona que se sienta delante de nosotros:
No damos la misma dieta a todos los pacientes con cáncer “porque es saludable”.
No recomendamos suplementos por intuición, sino porque encajan o no con el mecanismo de acción de tu tratamiento.
No copiamos dietas de moda (cetogénica, vegana, alcalina…) sin adaptarlas al tipo de tumor, al tratamiento y a tus comorbilidades.
En vez de ello:
Analizamos tu situación oncológica y clínica en detalle.
Usamos un algoritmo propio (LUMICA 1.0) que integra información de tumor, tratamiento, comorbilidades y, cuando procede, microbioma.
Y a partir de ahí definimos patrones dietéticos específicos que un nutricionista clínico traduce en platos reales.
Es decir: la misma manera de pensar que aplicamos cuando diseñamos un ensayo o interpretamos un paper, la aplicamos cuando pensamos en tu dieta.
No hace falta que te los leas todos ni que entiendas cada detalle.
Lo importante es que puedas ver que, detrás del servicio que ofrecemos, hay un equipo que: piensa el cáncer en profundidad, participa en generar nuevo conocimiento, y trae esa forma de pensar a algo tan aparentemente cotidiano como lo que comes cada día.
La nutrición oncológica, tal y como la entendemos en TNC, no es un recetario.
Es una aplicación rigurosa de la ciencia al terreno donde se cruzan tu tumor, tus tratamientos y tu vida cotidiana.