Detrás de cada diagnóstico hay una historia, una mujer, una lucha, unas circunstancias muy particulares. Por ello en TNC Terapia diseñamos planes dietéticos totalmente personalizados para cada mujer, en función de su perfil genético, características del tumor e incluso gustos personales.
¿Qué se sabe sobre el papel de la alimentación en la prevención, tratamiento y seguimiento de los pacientes de cáncer?
Lo primero es aclarar algo importante: la dieta no es el único factor que influye en el riesgo de cáncer de mama, ni mucho menos. La edad, la genética, la exposición hormonal, el historial reproductivo, algunos tratamientos… Todo suma.
Dicho esto, sí sabemos que peso corporal, actividad física y patrón de alimentación influyen, sobre todo en mujeres tras la menopausia. Las grandes revisiones de organismos como el World Cancer Research Fund (WCRF) y la American Cancer Society coinciden en varios puntos:
Tener sobrepeso u obesidad en la edad adulta aumenta el riesgo de cáncer de mama tras la menopausia.
El exceso de grasa visceral favorece inflamación crónica y aumento de estrógenos circulantes, dos factores que influyen en el riesgo.
No se trata de perseguir una delgadez poco realista, sino de evitar el aumento progresivo de peso a lo largo de los años y mantener un IMC lo más saludable posible.
Moverse importa tanto como lo que comemos:
> Hacer ejercicio de forma regular se asocia a menor riesgo de cáncer de mama y a mejor pronóstico en mujeres que ya lo han tenido.
> No hace falta ser atleta: caminar a buen paso, subir escaleras, hacer algo de fuerza varios días a la semana ya marca diferencias.
Este punto sí está muy claro:
> Incluso consumos bajos o moderados de alcohol aumentan el riesgo de cáncer de mama. Se estima que a partir de unas 3 copas por semana el riesgo empieza a subir de manera medible, y continúa aumentando con cada copa adicional.
> La recomendación más prudente, especialmente en mujeres con alto riesgo o antecedentes, es limitar al máximo el alcohol.
No hay un alimento que, por sí solo, “cause” o “evite” el cáncer de mama. Lo que importa es el patrón global.
Se recomiendan las verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva y otras grasas de buena calidad. En cambio, se deben evitar alimentos como los ultraprocesados (bollería, snacks, precocinados), las carnes procesadas, carnes rojas en exceso, los azúcares añadidos y bebidas azucaradas.
Esto no garantiza que no aparezca un cáncer, pero reduce el riesgo y mejora la salud cardiovascular y metabólica, que también son importantísimas.
Una vez hay un diagnóstico de cáncer de mama, la prioridad es clara: tratamiento oncológico bien indicado y bien administrado (cirugía, quimio, radioterapia, hormonoterapia, inmunoterapia, terapias dirigidas… según el caso). En esta fase, la dieta ya no está tanto en el terreno de la prevención como en el del apoyo:
💊 Ayudar a tolerar mejor los tratamientos.
💪 Mantener la fuerza y la funcionalidad.
🦠 Cuidar la barrera intestinal y el microbioma.
💉 Evitar maniobras que puedan interferir con la eficacia de la quimioterapia u otros fármacos.
Es muy frecuente que, al recibir el diagnóstico, la persona piense:“Voy a tomar vitaminas, antioxidantes y suplementos para darle fuerzas a mi cuerpo”.
El problema es que algunos suplementos pueden ir en contra del tratamiento, sobre todo si se toman a dosis altas y sin comentarlo con el oncólogo. Un estudio prospectivo en pacientes con cáncer de mama en quimioterapia encontró que:
El uso de antioxidantes (como vitaminas C y E) antes y durante la quimioterapia se asociaba a un mayor riesgo de recaída y a una tendencia a mayor mortalidad.
Otros suplementos, como ciertas vitaminas del grupo B o hierro, también se asociaron a peor evolución en algunos análisis.
La lógica es sencilla: muchos tratamientos funcionan generando estrés oxidativo y daño en el ADN de las células tumorales. Tomar grandes dosis de antioxidantes puede, en teoría, proteger también al tumor.
Consejos prácticos:
Durante ciertos tratamientos, las defensas (neutrófilos) bajan y aumenta el riesgo de infecciones. Tradicionalmente se ha recomendado una “dieta neutropénica” muy restrictiva (todo muy cocinado, nada crudo, nada de frutas con piel, etc.).
Sin embargo, los estudios más recientes muestran que:
La clave es reducir riesgos sin caer en restricciones extremas que vacíen el plato de nutrientes útiles.
La quimio, la radioterapia sobre la pelvis, ciertos tratamientos dirigidos y algunas combinaciones provocan:
Algunas ideas prácticas (siempre individualizando):
En fases de diarrea intensa:
En mucositis:
No hay una “dieta mágica” para todos estos síntomas, pero sí una serie de ajustes finos que, bien hechos, marcan la diferencia en cómo se vive el tratamiento.
Terminada la quimio y la radioterapia, para muchas mujeres empieza otra etapa complicada:
Aquí la dieta y el ejercicio vuelven a entrar en juego, ahora sobre todo en clave de:
Las revisiones de WCRF/AICR y de la American Cancer Society señalan que:
Hay un doble problema:
La combinación de más grasa y menos músculo es especialmente desfavorable.
Medidas sensatas:
Muchos tratamientos aumentan el riesgo de osteopenia u osteoporosis:
Desde el punto de vista dietético:
Los tratamientos hormonales pueden provocar sofocos, sudoración nocturna y alteraciones del sueño, de manera similar a los que se producen durante la menopausia natural.
Algunas recomendaciones prácticas:
Fuera de la alimentación, se ha visto que técnicas como acupuntura, yoga, respiración guiada o mindfulness pueden ayudar en algunas pacientes. No sustituyen a los tratamientos, pero pueden ser un complemento.
Todo lo explicado anteriormente tiene que ver con:
En los últimos años ha aparecido una tercera línea de trabajo: la idea de usar la dieta no solo como soporte, sino como una intervención terapéutica dirigida a explotar vulnerabilidades del metabolismo tumoral.
En este enfoque se estudian cosas como:
Qué nutrientes consume en exceso un subtipo concreto de tumor.
La idea no es “curar el cáncer con la comida”, sino usar la dieta como una pieza más dentro de una estrategia integral:
Es un campo en desarrollo, que requiere equipos que entiendan tanto de oncología como de metabolismo y nutrición, y que idealmente se pruebe en ensayos clínicos bien diseñados.
La dieta y el estilo de vida sí influyen en el riesgo. Se recomienda:
La dieta:
La alimentación y el ejercicio: